viernes 22 de octubre de 2010

Yo hice la Primera comunión con Adolf Hitler

Hay recuerdos odiosos que se mantienen en el tiempo a pesar de que mantenía la esperanza de que con la caída en desuso del formato VHS el video de mi Primera comunión pasaría al olvido para no ser reproducido nunca más. Pero una tarde en un acto de masoquismo me puse a visionar el vídeo del día aciago, pensando en la vergüenza insoportable que iba a sentir al verlo, superando sin embargo la prueba y encontrando una agradable sorpresa en el proceso. Los temores tenían su origen en que lo más bonito que me han dicho sobre la foto de mi comunión es que en ella tengo cara de niño violado, lo cual, aunque sea muy eclesiástico, no es una descripción que uno reciba con mucho gusto; aunque puede que en algún momento de mi vida sí lo considerase como una violación metafórica.



Recuerdo que yo no sabía muy bien de que iba eso de la Primera comunión. El día anterior me confesé por primera vez y sufrí una gran compunción al ser consciente a las pocas horas de que ya había cometido varios pequeños pecados tras el acto de confesión, no pudiendo acudir así al gran día con mi alma inmaculada. Creo que fueron unos tres pequeños pecados, uno de ellos doble, al subir en ascensor hasta el piso de mi acogedor y religioso hogar, desobedeciendo así la prohibición de mis padres de no utilizar el ascensor -muy concienciados con los valores amish antitecnología a pesar de haberse trasladadao a la gran ciudad- y mintiéndoles después al afirmar que había subido por las escaleras. Sin embargo, me vieron muy descansadito y poco sofocado tras haber subido aparentemente a pie los veintisiete pisos de altura sobre los que se elevaba mi vivienda, desde donde se contemplaba mejor a Dios. "¿Has subido en ascensor?" "No", respondí sin dudar y sin la más mínima expresión de agitación o de esfuerzo acumulado. Sospechoso cuanto menos. Mirada severa de mi madre y sospecha de mi padre -pastor protestante- expresando su repugnancia al ser de la opinión de que "la sospecha repugna a quien la alberga" pero obligado sin embargo a sospechar.

Así que viví un poco atormentado ese día que debía de ser tan feliz para mí. La conciencia me carcomía por dentro durante toda la ceremonía, incluso dudé seriamente en aceptar o no la comunión no considerándome digno de ello por mis pecados ascensoriles, pero me dejé guiar finalmente por el acogedor rebaño del Señor. Y ahora visto con perspectiva debo de decirlo: todo lo que envuelve a la Primera comunión me parece profundamente casposo, desde la estética de todos los niños repeinados con la raya bien marcada a un lado; las niñas bien sumisas con las palmas de las manos juntitas; las cadenas, anilos y sellos de oro -carne de cultivo estético de tantos canis y chonis, véase mi tesis Chonis y cristianismo-; el cura amigo de los niños, el coro y sus canciones de salvación... aunque también es cierto que Jesús siempre me pareció un señor muy simpático y un buen amigo.



También debo confesar que mi historial eclesiástico nunca fue muy brillante. En un principio yo era muy creyente, sentía la protección de mi amigo Jesús estando conmigo todo el tiempo y preocupándose por mí, pero a la hora de ir a la iglesia me aburría muchísimo y mi padre siempre recuerda como a los cinco minutos de empezar ya miraba el reloj y le preguntaba si faltaba mucho. Aligere señor Padre, que tengo que ir a ver los Power Rangers. También eran célebres los repentinos dolores de cabeza, de tripa, mareos... que pretendía fingir cuando llegaba la hora de prepararse para ir a la iglesia. Por más que sobreactuaba tumbado en el sofá mirando al infinito nunca me creyeron y nunca me libré de acudir a la iglesia ni a las clases de natación que tanto temía y que también intentaba evitar ("Lo peor de la natación es que todos nadan mejor que yo").

Años después el cura de mi pueblo me negó la comunión al sufrir un ataque de risa mientras esperaba en la fila mi momento. "¿Qué, te hace mucha gracia? ¡Vete!" Heladas palabras que congelaron mi pobre corazón cristiano. Bajé la cabeza y acudí a mi banco sintiendo aún con mayor fuerza las miradas y los cuchicheos de las señoras que ocupaban los primeros bancos. Como curiosidad, años después el citado sacerdote falleció y en su funeral debido a una conjuntivitis un ojo no paraba de llorarme. Yo no quería parecer afectado por la situación y trataba de ocultar mis lágrimas que como ya he dicho, se debían a la conjuntivitis. Sin embargo, posteriormente hubo cierta confusión al explicarme al joven médico de urgencias sobre los síntomas que sentía: "Pues estaba yo en un funeral y no paraba de llorame el ojo..." me explicaba aplicándome todo lo posible, "¿pero llorabas porque estabas triste?" "¡no, no, era involuntario!" ¡faltaría más! -decía para mí. Supongo que me negaba a que nadie me viera derramar ni una lágrima tal vez aún con el orgullo herido por el incidente pasado. Ante todo, decir que no guardo ningún rencor al religioso en cuestión, que si bien era muy delosdeantes me permitió disponer de esta historia fantástica que contar sobre mis primeros conflictos con la Iglesia, formando a su vez parte de mi feliz tierna infancia y deseando a su vez que se haya encontrado con el Ser todopoderoso al que encomendó su vida (y esto va sin ironía).

Pero como digo, hay cosas de la Iglesia que siempre me chocaron. Para empezar, la gente tan estirada como que me tira para atrás. Todos esos feligreses tan rectos y tan solemnes "escuchando" las palabras del pastor, tomándose tan en serio a sí mismos, al mundo de la apariencia, a la manada eclesiástica acrítica... "¡¡señora, atrévase a dejar de ser oveja!!" que diría Boris Vian. Las mujeres tan exageradamente maquilladas, tan pulcras, queriendo aparentar con la postura corporal una rectitud moral intachable y más que cuestionable, los niños tan repeinados y los fuertes perfumes corporales y artificiales; yo soy más estirado que tú, yo soy más cristiano que tú. Y tanta seriedad y solemnidad, una cosa de locos oiga, por no hablar de las severas figuras de mi amigo Jesús crucificado que atormentaban mi dulce corazón preadolescente.




Así pues, recuerdo mi época creyente de la infancia como una época feliz en la que a pesar de los puntos oscuros de los formalismos de la Iglesia me sentía muy bien arropado por un mundo lleno de sentido, de orden y de seguridad: mi familia, la escuela, mis amigos, Dios, Jesús, el Espíritu Santo... nada que ver con el ateísmo vitalista posterior que rechazaba con fiereza e irreverencia al cristianismo al sentir haber estado estafado y engañado durante tantos años (creo que lo que peor llevaba era pensar en todas las misas que me había tenido que tragar obligado y que tanto me abrumaban); para encontrarme en la actualidad en la postura bergmaniana que busca a Dios pero que no lo encuentra nunca con certeza, quedándome en un moderado agnosticismo fluctuante y pensando que Dios es un tema filosófico apasionante. "Me cansan los ateos siempre están hablando de Dios" (los fanáticos religiosos me cansan más no se molesten), careciendo -huelga decirlo- el mundo de los adultos de las seguridades y quimeras de las que se disfrutan en la infancia.

Tal vez eso sea hacerse mayor de edad, cuestionarse racionalmente todo el mundo que nos rodea, aunque sea el que da sentido a nuestra existencia. Entre ser inconsciente, estúpido y feliz o crítico e inteligente con los sinsabores de la realidad -que decía Fernando Fernán Gómez- elijan (no negando que se pueda ser crítico y feliz por supuesto). En cualquier caso, recomiendo hacer caso del aforismo de Spinoza "Ante los acontecimientos de la vida, no tiene sentido reír ni llorar, tan sólo comprender".

Y después de toda esta palabrería sacada de la manga, vamos al tema que nos ocupaba en origen, el comprobar al revidear mi vídeo de la Primera comunión como yo hice la Primera comunión con Adolf Hitler, sí, ese pequeño cabrón. Se te hiela la sangre, tan pequeño y ya tan hereje y con tan mala leche. Adjunto las pruebas obtenidas del vídeo de la ceremonia:






7 comentarios:

  1. Este artículo es una genialidad y me he sentido identificado. Lástima no tener un vídeo de mi primera comunión...

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Guau, qué duro.

    Lo siento mucho, amigo.

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  4. BUF, malo eras! yo creo que confundes inteligencia con agresividad!
    un saludo, Zombi parlanchin!

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  5. Jaja. ¿Tú crees? Hace tiempo me dijeron algo en esa línea y traté de moderarme un poco, quizás deba bajar un escalón más. Que a veces supuro demasiado... De todas formas, ¡muchas gracias por la apreciación! Son importantes para progresar, si es que se puede. ¡Saludos!

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